Bienvenidos todos sean. Después de entrar ya no hay que mirar hacia atras.

lunes, 20 de agosto de 2012

Migración


“Индиго” en Чудные Дни de Otto Dix

Déjame caminar por la arena
que tu sombra va pisando,
que mis pies sientan la tibieza
de tu marcha infinita
de alma vieja.

Muéstrame la geometría de tu curvatura
que se levanta gloriosa en canticos eternos,
tendiéndose en las aguas claras,
quietas
susurrantes, casi silenciosas
al ruido de nuestras manos trenzadas.

Permíteme besar tu frente
de luna sin frío
 y estar donde puedas estar
para seguir estando,
esperando el movimiento
del astro devorador
para que sea el momento del Uno y el Cero,
el instante de la unidad,
de nuestra unidad.

Hazme comprender que el dolor se aleja
a paso lento y rítmico
sobre el compás del baile cósmico
haciendo que nuestro éter
–más el tuyo que el mío
se vaya adentrando al universo
que me parece desconocido.

José J. González
Derechos reservados

Nigredo



José J. González & Dulce Reyes
Nigredo (Pintura-poema)
10 x 18 cm
Técnica Mixta

Cabe aclarar que la imagen que aparece al fondo es de una fotografía titulada “Reflejo Divino” tomada por Dulce Reyes.

Las grafías que aparecen a los lados dicen lo siguiente:
Mi poema es una pincelada con fuego, es una palabra llena de colores.
Es la infatigable voracidad de un loco,
es el sueño mal acomodado dentro de mi bolsillo, es el fósforo que tiré al suelo

jueves, 16 de agosto de 2012

Algunas anotaciones sobre Zoe y Necros


I. Láminas de Herrman Rorscharch[1]
El hombre es como un gran frasco de mermelada, que al caer de una altura considerable puede quebrarse, esparciendo por todos lados su contenido. Puede caer o, en otro caso, alguien puede pegarle con un bat  u otro instrumento, con el simple fin de hacerlo volar, para que todo lo que está adentro salga disparado al espacio ansioso de crear formas graciosas, abyectas o terroríficas.
El hombre es como un frasco, que al romperse deja en el suelo, pared, etcétera, alguna evidencia de su fragilidad. Los demás frascos al pasar cerca de donde ha ocurrido el fenómeno de la caída, comprenderán que no están exentos a ser ellos los siguientes en romperse. Mirarán asustados lo sucedido, algunos fingirán indiferencia, pero por dentro estos son los más preocupados por su naturaleza finita.
Llegarán los frascos fotógrafos y dispararán flashazos a todo, a cada pedazo del que antes había sido un frasco entero. Vendrán los frascos forenses y recogerán lo que ha quedado, no se darán a la tarea de limpiar con minucia el contenido que se ha esparcido por las calles, a todas direcciones. Quedarán grandes, pequeñas manchas de esa mermelada. Los frascos transeúntes no evitarán el morbo y se acercarán al lugar de los hechos. Algunos tratarán de interpretar lo que ha ocurrido ahí a partir de las manchas que queden.
Los frascos con más mermelada en la tapa se aventurarán a crear historias muy imaginativas, con una trama compleja, triángulos amorosos, riñas callejeras, ajuste de cuentas, etcétera; algunos más, los que creen tener visión de artista, verán en todo el fenómeno un hecho artístico, verán en ese desparrame cierto orden de atracción o repulsión.
A la mañana siguiente los diarios encargados de alimentar el morbo, exhibirán en sus portadas de primera plana las fotografías del pobre frasco, quien lucirá un encabezado que irá según a su condición. Para algunos lectores dicha imagen será “poesía pura”[2], se deleitará con cada uno de los detalles que se mostrará sin la menor consideración a la naturaleza del frasco. Lo que se trata de hacer es explotar la imagen.
Así pasará siempre, todos los días, frascos cayendo, frascos siendo reventados, siendo objeto de las más increíbles formas de violencia para demostrar lo frágil que resulta la materia que nos contiene. Siempre habrá manchas creando láminas, historias e interpretaciones.
Dime lo que ves, y ahora parte a saber, por ti mismo, quién eres.

II. Naturaleza muerta
Eine blautlache / voll / Sonne woll Sommer / auf der Landstrasse // Eine abgestückelte Hand / handlich / zum Vergnügen / den fliegen // wie´s summt / von Genuss / bitte / des Ohr offen // still / stiller als je / das Leben / so besonnt[3]
En cuanto a seres se refiere, podemos hallar dos divisiones: seres inorgánicos y seres orgánicos. Ahora bien, recordando un poco el tercer libro de la  física de Aristóteles, podemos decir que el ser orgánico se compone de tres estadíos: vegetativo, sensitivo y racional:
Dentro de la clasificación de seres orgánicos, que comprende los reinos vegetal y animal, se encuentran múltiples subdivisiones que caracterizan a las distintas clases de seres, sin que dejen sus notaciones esenciales. La planta, la bestía y el hombre realizan funciones vegetales; por consiguiente en esta característica son completamente iguales estos seres. [4]
A partir de esta naturaleza orgánica-vegetativa, el hombre, como cuerpo tenderá a nacer, crecer y morir como toda buena planta que ha surgido de la tierra. Es sin lugar a dudas, un ser que nace de la tierra y a ella misma vuelve.
Esta misma condición me hace pensar que, entonces, en cuanto a representación del cuerpo humano por medio de la pintura, podemos comprender dos grandes áreas: la naturaleza muerta –en la que hemos de ubicar la naturaleza orgánica del hombre– y el bodegón.
Tomaremos las definiciones que hace Enrique F. Gaul en el primer capítulo de La pintura de “cosas naturales”,[5] y diremos que la naturaleza muerta es aquella “composición inspirada en elementos del mundo orgánico; será “bodegón” lo otro, lo inspirado en los objetos manufacturados por el hombre”.[6]
Si trasladamos esto al plano de la representación, podemos decir que todo dibujo o pintura de algún desnudo, siempre y cuando no haya algo que ornamente el ambiente, será sin lugar a dudas naturaleza muerta¸ entendiendo al elemento representado a partir de su naturaleza orgánica. Y será bodegón, en caso de que el cuerpo humano se encuentre adornado por elementos fuera de su condición natural.
En el texto de Bef, gracias a su plasticidad, podemos encontrar algunas imágenes para ejemplificar lo expuesto: “El cadáver de una mujer recién prensada entre un auto y un poste de luz”.[7]
A juzgar, estamos frente a una imagen perteneciente a la características del bodegón, pues a pesar de que hay un elemento orgánico [el cadáver de una mujer] , la escena se complementa con el auto y el poste, ambos, objetos realizados por la mano del hombre. Tendríamos naturaleza muerta si la imagen fuera de una mujer recién prensada entre un auto y un grueso tronco de árbol.
Bajo esta perspectiva resulta casi imposible encontrar alguna imagen que sea puramente naturaleza muerta en la novela de Bef; pero sí la podemos encontrar en Almazán:
Las moscas que atraen los doscientos treinta y ocho cadáveres vuelan alrededor de nuestros rostros. El forense las maldice e intenta ahuyentarlas. Falla. Están hambrientas y no dejarán pasar aquel festín de carne podrida. Frente al olor tampoco lograremos mucho. Parece no haber tapabocas que contenga esa miasma que espanta, que desfonda. En algún momento le diré al forense que me siento pesado como si fuera uno de esos muertos que, desde abril, empezaron a brotar del subsuelo.[8]
La naturaleza muerta nos ayuda a comprender que la condición de los objetos orgánicos tiende a agotarse, a morir. Lo que se trata de hacer con esta forma de pintar es, sin lugar a dudas, representar un instante de ese devenir que siempre está en constante cambio.

III. Kitsch
Hacia 1916, en Alemania, cierto poemario fue sacado de la circulación, debido a que su contenido no era el adecuado para la época, porque se enfocaba a tratar al hombre a partir de su fragilidad; los poemas hacían referencia a la condición vegetativa, a la etapa final: la muerte. Nos referimos a Morgue y otros poemas de Gottfried Benn:
Dos en cada mesa. Hombres y mujeres / en cruz. Cerca, desnudos, y, pese a ello, sin dolor. / El cráneo abierto. El pecho partido en la mitad. Los cuerpos / engendran ahora por última vez. / Cada uno llena tres cazuelas: desde el cerebro hasta los testículos. / Y el templo de Dios y el Corral del demonio / ahora pecho a pecho en el fondo de un cubo / se ríen del Gólgota y del pecado original. / El resto, en ataúdes. Sólo nuevas creaturas: / pierna de hombre, pecho de niño y pelo de mujer. / Yo vi lo que engendraron dos que antaño se jodían, / yacer allí, como si hubiera salido de un cuerpo materno.[9]
Siempre pasa lo mismo con todo aquel que intenta hablar sobre lo que no sé tiene que hablar, es vetado y tratado por los demás como loco, enfermo, conceptos que al final de cuentas hacen que ande de boca en boca, pues no olvidemos que todo lo prohibido incita más la curiosidad. Como ejemplo tenemos al Marqués de Sade, del que mucho se habla, pero del que puedo asegurar, poco se lee.
La historia está encaminada a no hablar de estos personajes tan singulares que nos hablan de la naturaleza humana, sus vicios, su fragilidad, etcétera. Esto mismo ocurre con muchas cosas que se observan hoy en día, nadie puede hablar de ciertos temas porque no es correcto. Hablar de sexo o copula no es bien visto, saber que un día hemos de morir, ni pensarlo, “por qué mejor no te dedicas a vivir y dejas de preguntar eso”.
Hace tiempo, como unos ocho años atrás, llegó a mí un ejemplar de La insoportable levedad del ser, en uno de sus capítulos me daba razón, para ese entonces, de algo nuevo, me refiero al kitsch, que, como lo apunta el autor “es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”. [10]
De lo que no hablamos es de lo que negamos, y es, precisamente, porque nos causa repulsión hacerlo, ya sea porque nos da muestra de algo que no queremos ver o enterarnos. Nadie se atreve a pensar en su muerte, porque eso implicaría pensarse como materia orgánica que puede pudrirse, que el cuerpo, después de morir se verá bañado en sus propios jugos. No. En eso no se puede pensar, sólo nos quedamos con lo que permanece en el exterior, nos olvidamos que por dentro estamos compuestos por tripas, hígado, fluidos, etcétera.
Un caso interesante de Kitsch[11] se da en los superhéroes o en las actrices guapas de la televisión o revistas. Nos quedamos con lo que se nos vende, con la envoltura. Lo bello se acabaría si pensamos en un momento que ese supermán también tiene que bañarse, limpiarse los dientes, etcétera, o que esa actriz también tiene que cagar, pues es una función natural de todos los seres orgánicos, porque si no lo hace se le puede reventar un intestino y tendrían que hacerle un lavado estomacal.
Pero que ocurre con quien sabe que la mierda, se hable o no de ella, sigue estando ahí, que sabe es inevitable libarse de ella –es como no pensar nunca en el oxígeno que respiramos, pero que por él estamos vivos–, sin lugar a dudas, es visto como un loco, alguien anormal con alguna enfermedad mental. Saber que uno, cuando muera, ha de ser devorado por los gusanos, no implica que haya gusto a ello, sino que es saberse en su condición natural.
Aun puedo recordar el día que una necroartista, montó una exposición en X museo de la Ciudad de México, todos los que asistieron miraban con asombro y repulsión lo que estaba frente a ellos, las miradas de asco corrían de un lado a otro al contemplar cuerpos nunca reclamados en la morgue puestos en posiciones abyectas como las que nos describe Bef: “un hombre decapitado posaba desnudo sobre una banca. En la otra, la cabeza de ese mismo sujeto, la tapa de los sesos arrancada para la autopsia, había sido rellenada con peras y manzanas para hacer de frutero”.[12]
La exposición se componía de veinticinco piezas, todas ellas mostrando cuerpos decapitados, troceados, frascos con fluidos corporales, videograbaciones de necropsias, bandejas llenas de órganos, tapetes hechos con las sabanas que cubrían dichos cuerpos, y un gran carrusel de animales.
El que tenga ojos que vea.

IV. Comer la propia asadura del hermano
“Cronos los tragaba a medida que desde el seno sagrado de su madre le caían en las rodillas”.[13]
El hombre desde siempre convive con la muerte, sabe que va a morir, pero prefiere no pensar en ello, pues le aflige y le causa temor. No hay nacimiento como tal, hay una nueva muerte.
Algunos aún se muestran aterrados pensando que han de dejar de habitar su cuerpo, que, como dice Hobbes, no es más que simple materia. Otros más empiezan a aceptar su condición finita, y esto provoca que tengan menor temor a ello. Pero, exista o no aceptación, no dejamos de pensar que, así como uno puede morir por causas naturales, también puede morir porque alguien más ha decidido sobre su propia vida: asesinato.
En el segundo caso, a pesar de que nos mostramos ajenos a la muerte de quien ha sido acabado, no podemos sentirnos del todo tranquilos, hay algo que nos inquieta, sentimos calosfrío en la piel cuando vemos en el periódico la imagen de alguien que ha sido decapitado, desollado, etcétera.
El hombre se come al propio hombre, ya sea a partir de la ejecución de actos en contra de la vida del otro, o, en su caso más cotidiano, viendo las fotografías que aparecen en esos diarios donde se muestra un cuerpo, una masa de carne inerte. Homo homini lupus, dijera Plauto.
Todo queda representado en un óleo de Klimt: Muerte y vida, donde ambos elementos se conjugan y nos hablan de su coexistencia mutua, donde unos esperan sonriendo, otros más con los rostros ocultos, temiendo el efecto de su propia naturaleza.
Bibliografía
Benn, Gottfried. Morgue y otros poemas¸ Editorial Pequeña Venecia, Berlín, 1912
Fernández Bef, Bernardo. Tiempo de alacranes¸ Booket, México, 2006
Gual, Enrique F. La pintura de “cosas naturales”, SEP, México, 1973
Kundera, Milán. La insoportable levedad del ser¸ Narrativa actual,  España, 2002
Hesíodo. Teogonía. El escudo de Heracles¸Porrúa, México, 2004
Márquez Muro, Daniel. Lógica simbólica¸ ECLALSA, México, 1951
Menéndez Samará, Adolfo.  Breviario de psicología, Porrúa, México, 1947
Peter Keller, Hans. Antología, Plaza & Janes, Barcelona, 1982


[1] Nota: En 1857 Justinius Kerner publica en Tubinga su obra Klektopografías, antecedente directo para que Rorscharch creara sus láminas de tinta. En palabras de Kerner, estas láminas pueden adquirir diversos significados según el sujeto que las contemple, pueden ser interpretadas tanto por el hombre como por la mujer, por el culto o el inculto, el niño o el adulto, el sano o el enfermo; su principal característica es la dar un supuesto de la personalidad. Para verificar lo expuesto aquí se puede confrontar el Brevario de psicología escrito por el doctor en filosofía Adolfo Menéndez Samará.
[2] Bernardo Fernández Bef. Tiempo de alacranes, p.75
[3] Un charco de sangre / hasta el borde / sol lleno de verano / en la carretera // una mano destrozada / a mano / para placer / de las moscas // como zumban / de gozo / prestemos atención, ea / silenciosa / más silenciosa que nunca / la vida / tan soleada. “Naturaleza muerta” de Hans Peter Keller en  Antología.
[4] Daniel Márquez Muro. Lógica simbólica, p. 4
[5] Las comillas pertenecen al título.
[6] Enrique F. Gaul. La pintura de “cosas naturales”, p. 11
[7] Tiempo de alacranes, p. 75
[8] Alejandro Almazán. Carta desde Durango
[9] Gottfired Benn. “Requiem” en Morgue y otros poemas, p. 15
[10] Milán Kundera. La insoportable levedad del ser, p. 275
[11] Esta misma visión se ve más arraigada en cuanto a la figura de Cristo, no podemos referirnos a él como si nos refiriéramos a un mortal más, hacerlo equivaldría quitarle su carga divina y rebajarlo a la nuestra, lo que implicaría verlo como un ser orgánico más que tenía que cumplir con un ciclo: nacer-crecer-morir. Si lo tomamos así, también tendríamos que verlo como alguien que tenía que alimentarse y defecar, puesto que su estructura finita se lo exigiría. A este respecto, prefiero no entrar en detalles.
[12] Tiempo de alacranes, p. 76
[13] Hesíodo. Teogonía. El escudo de Heracles , p. 12

Prima materia


Nam Beya ascendit super Gabricus, et includit eum in suo utero, quod nil penitus videri potest de eo. Tantoque amore amplexata est Gabricus, quod ipsum totum in sui natura concepit

(Rosarium Philosophorum)


Esta vez ha anochecido demasiado temprano. Las luces de la ciudad que se encuentra en la falda del gran monte comienzan a iluminarse, son como luciérnagas inmóviles sobre el campo. La luna no tardará mucho en salir, una suave luminosidad se puede apreciar ya en el oriente. Cuando la gran mujer se ubique en medio del cielo, todos podrán apreciar que ha sido preñada por las puntas que sobresalen de la corona del rey; podrá observarse un útero lleno y plagado de silencios.
            –Esta noche es cálida –dijo el gran Dios.
            –Esta noche te pertenece hermano mío, hijo mío –respondió la Mujer.
            Un riachuelo cercano empieza a sonar, arrastra lentamente las piedras pequeñas que se le atraviesan. La luna sigue creciendo, la ciudad empieza a mostrarse más y más lejana, algunas luces se apagan, otras más permanecen encendidas. Los amantes dan inicio a la danza de la unión, donde hombre y mujer se hacen Uno, unidad universal de la creación.
            El gran Dios arrastra a la Mujer a lo profundo del bosque, sus cuerpos se van perdiendo entre toda la maleza que hay a su alrededor. Caminan largo trecho hasta detenerse cerca de una gigantesca roca. Ambos la contemplan, la acarician por cada uno de sus lados, sienten su firmeza de años arcanos. Se lanzan una rápida mirada y continúan su camino en silencio.
            Algunos grillos entonan una melodía dulce, por ratos paran y se puede escuchar el murmullo que hacen las hojas cuando se tocan unas a otras. Las pisadas del Dios y la Mujer son secretas incluso para la naturaleza. La luz de luna que se logra filtrar por entre las ramas de los espesos árboles, les baña partes del cuerpo desnudo. Desde que el Uno creció al lado del Cero ninguno de los dos se avergüenza de su condición.
            Han llegado al punto más alto. Desde ahí todo parece más pequeño y distante, las luces que en un principio se podían apreciar, ahora no son más que fragmentos desconocidos. La mujer apoya su mano sobre la tierra, en ese punto comenzará a fluir un agua nueva que recorrerá lavando toda impureza. El Dios toma con delicadeza las manos de la Mujer, la separa del agua que fluye incesante.
            –Hermano mío, hijo mío, tu futura muerte no es más que el regreso al Silencio.
            –Lo sé, todo tiene que volver de donde surgió.
            –Aquel último paso espera que lo des.
            –Aquel último paso detendrá su espera
            El Dios se recostó sobre las hojas que tapizaban el suelo del lugar. Atrajo hacía sí a la Mujer, ella se acomodó a su lado. Pronto inició su acto como alguna vez lo hiciera Beya. El Dios se convirtió en líquido seminal.
            Ambos durmieron; ella lo hizo nueve días, él nueve eones. Cuando despertó la Mujer, acarició el cuerpo putrefacto que ocupó el Dios, que ahora comenzaba a despertar dentro de ella.
            Cuando la luna se desgarró en el Mercurio, fue vaciada el agua en el agua.

José J. González
Cuento escrito el 10 de agosto de 2012
Derechos Reservados

martes, 14 de agosto de 2012

Pleroma


Durante un momento sólo hubo una impetuosa y fantástica luz que tocaba y penetraba todas las cosas.
(Poe: Conversación de Eiros con Charmión)

Aún falta mucho tiempo, pero no tanto como el que creemos. Todo tiende a llegar a su fin, es el ciclo natural de todas las cosas, tenemos que entenderlo. Incluso, llegado el momento, hasta lo eterno ha de culminar su acto.
            Todos pudieron ver en el cielo la aparición de una gran mancha rojiza, una mancha informe, que a primera vista parecía ser una nebulosa. Los enormes radares que monitoreaban el universo nunca se percataron de su presencia, para toda la comunidad científica resultaba un hecho bastante extraño. De inmediato las grandes mentes de todo el mundo se dieron a la tarea de investigar lo que estaba ocurriendo. Pronto pudieron saber que aquella informidad se encontraba a pocos días del sol, a pesar de los muchos intentos, nunca se logró saber el tamaño aproximado del objeto, pues una y otra vez que se hacía el cálculo, resultaban cantidades inconmensurables, cantidades que albergaban miles de dígitos, cosa que desconcertaba a todos.
            La luz que despedía aquella mancha era tan singular, parecía tener un tono parecido al azul cerúleo. Tanto de día como de noche era tan visible. La gente, sumida en la más nerviosa de las desesperaciones, contemplaba con terror el crecimiento de la mancha. Empezaron a haber olas de saqueo, asesinatos, violaciones y todo acto que condena el buen juicio y razonamiento. Los animales, por su parte, se mantenían tranquilos, todos ellos miraban al cielo sin emitir sonido alguno, muchos dejaron de comer, causando de esta forma su muerte voluntaria.
            A pesar de su gran luz, no había cambio alguno en la temperatura, hecho que no entendían  los científicos. La gran mancha se movía, cambiando de esta manera su forma, como si se tratará de una nube más en el cielo. Las poderosas  naciones dejaron de intentar cualquier cosa cuando se dieron cuenta que sus armas más poderosas no operaban cambio alguno en la naturaleza del fenómeno. Pronto el silencio se apoderó de la tierra.
            Los relojes dejaron de funcionar, toda la energía eléctrica desapareció extrañamente. Los ríos y los mares dejaron de moverse. En los cielos ya no podía verse ni un ave. Todos aguardaban el terrible día en que aquella masa chocaría con el sol.
            Los predicadores empezaron a llamar esto como el apocalipsis, la segunda llegada del Cristo, pero no se podrían dar cuenta que lo que ocurriría terminaría incluso con lo que se conoce como Dios.
            No faltó quien afirmara que aquello no era más que el gran dios-mensajero Nyarlatothep que traía noticias del gran Caos Estúpido. Muchos otros dijeron que todo se trataba de una invasión extraterrestre, argumentando que se habían visto platillos voladores días antes de que la mancha apareciera. Algunos se contentaban manteniendo en sus mentes estas hipótesis, aunque supieran que todas eran falsas.
            Pronto llegó la madrugada del quinto día. La gran masa se encontraba en su máximo esplendor. Arriba parecía ya no haber más estrellas, como si todas hubieran sido absorbidas por ese extraño cuerpo. Dieron las siete de la mañana, el sol salió como de costumbre, esta sería la última vez que se asomaría para todos. Cuando el astro rey se encontraba en el cenit y la gran mancha parecía estar más cerca, ocurrió lo esperado por la humanidad entera.
            La mancha rojiza cubrió el sol, haciendo que se hinchara a un volumen impresionante. Los ojos curiosos comprendieron que el final había llegado. El sol estalló. El fuego de la explosión cubrió los primeros planetas, evaporándolos al instante, en menos de un segundo la tierra y todos sus pobladores comenzaron a fundirse. Nadie sintió nada. La gran mancha creció inconmensurablemente expandiéndose a todos los rincones del universo a una velocidad millones de veces superior a la de la luz.
            Un estruendo que en los santos días idos nunca se escuchó, retumbó horriblemente en cada esquina del cosmos, al tiempo que el fuego consumía todo a su paso, desapareciendo estrellas, galaxias, nebulosas, y todo lo que se le ponía al frente. Pronto la explosión llegó a la parte vacía del universo, pero aun así no se apagó. El hogar de Dios desapareció, Él se evaporó como sucedió con toda la materia y sustancia.

José J. González
Cuento escrito el 8 de agosto de 2012
Derechos reservados

jueves, 10 de mayo de 2012

“Die Leiber gebären nun ihr allerletztes Mal”

(Los cuerpos engendran ahora por última vez)


Con referencia a” Necrocannibal” de Moritician



Tú, gran masa, que una vez pensó, razonó e incluso amó, has caído de forma pesada al lugar de donde naciste. Cada una de tus partes que te conformaban, se han llenado de agua oscura y latiente. Verás que te es negado el acto de la resurrección.

                Con la mano diestra has dado muerte al hermano, porque pensabas que agradaba más al universo que los contenía. Su sangre se ha tendido sobre toda la tierra, sobre cada paso descompasado de los tristes viajeros que querían la paz del orden y el caos.

                Tu castigo es vagar interminables años a través de tierras y mares desconocidos, implorando el fuego cósmico para que venga a darte el fin de tu suplicio. Te desgarras la piel como lo hace el desesperado, el condenado a muerte, el olvidado. Con tus propios dedos sacas de tu interior la mierda que te ha hecho caminar para que la vuelvas a tragar.

                Quieres cortarte los pies para evitar el camino largo y espinoso; quieres devorarte los ojos para evitar ver lo que has provocado. Quieres anularte las manos para evitar tomar la espada que reta toda bondad espiritual.

                ¡Y sigues comiendo! Acaso no te has atascado la boca con la carne de tu hermano, no te ha calmado la sed toda la sangre que se ha derramado sólo para llenar tu copa de oro falso que tarde o temprano se romperá.

                Come como nunca lo has hecho, porque majar como éste no existirá dos veces. La carne que pruebas no la tocarán ni los gusanos, porque no les pertenece, hasta ellos saben guardar cierta distancia.

                Llénate las voraces manos, sucias por la basura en la que te revuelcas, y procura no manchar el mantel que se tiende solemne ante tus asquerosos pies de hombre.

                ¿Por qué te atreviste a defecar sobre el principio?

                ¿Esperas que alguien te levante la mano para saberte victorioso?

                Destrózate las costillas como los carniceros se lo hacen a los cerdos.

                No hay derecho para que vuelvas a pisar las grandes letras formadoras de toda co-creación.

                No hay derecho para mires hacia al frente sin que todo lo que se miré por tus ojos agusanados se llene de cuerpos hediondos y putrefactos.

                Que la lengua te sea cortada, porque en verdad la has utilizado mal. Destruyes con cada sonido que de ella mana. No te has puesto a pensar en la belleza innata de las consonantes primarias, y por tu estupidez se han visto manchadas.

                Que el corazón te sea sacado desde las entrañas y sea tirado a las bestias carroñeras que ahora circundan la tierra que has pisado. Que cada molécula de ese corazón marchito y negro acabe siendo una inexistencia.

                Que el estómago te sea reventado con tal violencia que te haga recordar el dolor que causaste a otros hombres, que nada tenían que ver en tu furia y guerra. Serás alimento infame para las moscas apocalípticas que se acercan veloces zumbando por el cielo manchado.

         Adoraste con enfermo frenesí el polvo y el agua pestilente de un falso placer.

         Los hijos de los doce padres-hermanos se avergüenzan de su raza.

         El brillo de las constelaciones se encargará de borrar de las grandes listas tu nombre de hombre.

         Encárguense los nombres ya olvidados y guardados por eones de desprenderte cada dedo, cada brazo, cada pierna. Que seas rebanado en canal para ser expuesto a los ojos de tus semejantes.

         Los fluidos de tu insomne cuerpo se regaran por los ríos, por los mares, la lluvia la repartirá en todo el mundo, tanto el de arriba como el de abajo.



José. J. González
Derechos reservados


miércoles, 25 de abril de 2012

Breve poética cósmica


1.           1   Enormes rocas suspendidas giran y giran, el aire le levanta sus negros vestidos finitos, sus cabelleras adornadas de jóvenes vírgenes forman cumulo de polvo dorado. Algunas palabras se atoran en el flujo de constelaciones, en el brazo de Saturno. Somos una gran rueda que ha perdido el eje y vaga sin senito por espacios desconocidos, lejanos, lejanos. La voz que clama una misericordia desconocida ha dejado de percibirse, ha dejado de habitar los triángulos, ha dejado de pertenecer a este tiempo-espacio, ahora se repite cuidadosamente bajo la protección de otra mano, de otra mirada.

2.              Dame el cuidado de tus grandes manos que abarcan grupos cósmicos inconmensurables, levántame, enséñame a ser fuerte, a soportar lo que no se puede evitar, lo que se espera y nos da miedo; sólo tú sabes hasta qué punto puedo resistir, soy débil y puedo caer, eres fuerte; quiero que me sostengas cuando llegue ese momento, con la suavidad de tus manos invisibles, con la fuerza que de tus brazos de sol.

3.              Dame el cuidado que un niño puede necesitar al sentir el miedo terrible de sus sueños de profeta. No seré capaz de negarte, no tendré que palpar tu piel con mi piel para saberte existente, presente. Dame el cuidado que sólo se le puede dar a un animal que está a punto de emprender su gran archa; permíteme besar con suavidad tu cielo estrellado, tu viaje de gran río, tus galaxias pequeñas y enormes, perfectas y sublimes, cálidas y frías.

4.              Los círculos son las figuras perfectas que permanecen en un vacío que no se sabe como tal. Somos vida de hombre. Polvo al polvo porque es en verdad a donde hemos pertenecido desde el principio de los siglos, a través de los minutos y segundos que conforman la larga y delgada mano de la infinitud. Fenómeno negado al hombre por una fuerza arcana y terrible, conocida y dulce, llena de enojo y apacible como el seno de la amada.

5.              El viento levanta con gracia sutil la etérea tierra. Hoja con hoja se toman de la mano; los árboles de otoño les permiten jugar su última vejez que antecede a su renacimiento como fragilidad creadora. Juegan, se caen, vuelan aterrizan; se dibujan ciclos enteros, ires y venires. Muerte y resurrección.

6.              El agua escapa de nuestras manos, el tiempo también lo hace, la misma vida lo hace, lo que queremos no se queda para siempre, el hombre no se acostumbra a la impermanencia de las cosas. Vivir son constantes movimientos que a veces tiene que dar pasos al vacío para poderse encontrar a sí misma, sin ninguna máscara, tal y como es, fuera de las imperfecciones de los cuerpos contenedores. Se siente cierta atracción al vértigo, se nos pide aprender a caer, ¿lo podremos hacer sin que nos duela el abandono, el retiro de todo, el dejar para revelar? ¿Lo podremos hacer sin chistar, sin otra mano más que la que viene viniendo desde el inicio de nuestros días?

7.              Permanecemos dando vueltas a velocidades incalculables, pero no lo sentimos; ni siquiera nos percatamos del sol que nace y muere ante nuestros ojos; nos medimos. Permanecemos callados, en suspenso, entre paréntesis. Sentimos la mirada triste y lejana de alguien, la voz casi apagada de sombras que no se han revelado ni en nuestros sueños.

8.              El aire que cruza por cada rincón de la tierra, por entre las ramas de los árboles, por sobre la corriente del riachuelo, gira en un su propio eje levantando las manos al cielo y extendiendo ruegos en lenguas que nosotros hemos olvidado. La indiferencia nos devora como lo hace la ira.

9.              Esta vez el movimiento de algunos animales corriendo a campo traviesa nos enseñan que nuestra muerte la cargamos a donde sea que vayamos: el polvo. Tratemos de limpiarnos los ojos con ambas manos, veamos, observemos, entendamos. El suelo que se tiende ante nuestros pies ni siquiera nos pertenece, por qué queremos poseer lo que sabemos como prestado.

10.           Cuando alcancemos a contar todas las estrellas existentes y por nacer, tendremos el derecho de adueñarnos de algo; conocemos más de lo que está afuera, o así nos engañamos, que de lo que está adentro. No nos conocemos, ¿qué somos? Un sombra en un mundo que se percibe como juego de espejos. Representaciones de algo que no pueden ver nuestros ojos con gran detalle.

11.           Grandes edificios se levantan soberbios retando el manto azul, hogar de las aves que van de paso. El ruido de los motores rugiendo allá abajo, pasos de personas que van a un lugar antes pensado, el tiempo olvidado, perdido en quehaceres rutinarios.

12.           Alguien empuña un arma.

13.           Alguien le declara la guerra a un débil.

14.           Alguien finge vivir en armonía, es un tornado potente que va arrasando pedazos de corazones.

15.           Hemos dejado de ser para estar. Nos hemos abandonado en una mala forma, ni eso podemos comprender del todo, nuestro conocimiento de muchas cosas es más limitado de lo que puede llegar a pensarse. Arrastramos los pies para dejar un rastro preciso para cuando queramos volver, no hay vuelta atrás, que caigan las grandes estatuas de sal que se forman a las faldas de las montañas.

16.           Naturalmente, mi sangre escasea por cada pensamiento, mi cuerpo se va llenando de más vacíos cada vez que siento que uno ha sido llenado.

17.            Mis manos temblorosas sienten el miedo de una partida lejana; los perros duermen por la mañana concibiendo suertes perecederas, corren y dan grandes saltos como corderos, aunque también saben que han de ser sacrificados para calmar la ira de un dios remoto.

18.           Cada mañana surgen insectos entonando melodías que parecieran ruidosas e inservibles. Ya nada sorprende al hombre.

19.           ¿Qué tiempo no se ha revelado como tendría que haberlo hecho?

20.           ¿Qué imagen inunda tu mente, viajero de cosmos?

21.           ¿Qué sonidos te han vestido esta mañana para emprender la carrera desenfrenada al desierto?

22.           Has bebido y comido de la carne de tu hermano para sentirte limpio, para hacerte saber, para convencerte que puedes volver a ceros creyendo que tienes las manos recién salidas del agua. Incluso el agua más pura llega a contaminarse con la tierra que el hombre guarda entre sus uñas.

23.           Polvo al polvo. La tierra no hace ninguna diferencia, ella no tiene la culpa que en el barro del que nos formaran habitara el gusano corrompedor. La tierra no hace ninguna diferencia, podemos sentirnos felices al saber esto, podemos regocijarnos, hacer de cuenta que todo termina cuando tiene que terminar. La tierra no hace ninguna diferencia, claro que no, ¿cómo te siente al pensar que compartirás un lugar donde lo superior, inferior, bueno, malo no existe como tal?

24.           Bajo las grandes medidas cósmicas nos llegaremos a saber infinitos, sólo así, por el momento nos es imposible acceder a ello. Vengan tus palabras interminables a darnos el consuelo que tanta falta nos hace, vengan tus palabras a sanar nuestro espíritu que ha sufrido la herida de una espada que creíamos buena y de buen corazón.

25.           Conocer me lleva a no conocer, saber me conduce a la ignorancia. Y aunque sepa mucho de muchas causas  y efectos, en realidad alcanzo a comprender nada. Tú, que sin la necesidad de adentrarte a lo que quieres obtienes el universo entero, puedes entenderlo. Tú que sin haber leído mucho de lo que los hombres han escrito guardas en una sola molécula divina el rayo luminoso de las supernovas.

26.           Escapemos, a donde nada nos impida el abrazo mutuo con la naturaleza, donde podamos escuchar el cuchicheo del pasto y el murmullo de las hierbas a nuestro alrededor. Donde vivamos cubiertos por el cielo infinito  que se extiende a todo lo ancho de nuestras miradas. El uno y el Universo.

27.           Sé que necesitas pruebas de mi amor universal, de mi cariño que sobrevuela los campos floreados como ave cantor, como el silbido del viento jugando con la maleza, con el rubor de las olas, con la templanza del polvo solidificado, con la tibieza matutina del logos que te forma.

28.           Conduce este camino, que tus dedos caprichosos y serenos se junten en indecibles metáforas, en grandes imágenes protectoras. Conduce este camino como lo has hecho desde antes de saber de tu existencia.

29.           Buscamos tus nombres mencionados por las rocas, por los animales; buscamos tus nombres escritos en los colores de las estrellas que van muriendo, en toda centella de luz, en el titiritar de cuerpos celestes.

30.           Estás tan alto que nosotros, sobre todo yo, no podré alcanzar para contemplarte en tu proporción divina de creación. Estás en la parte oculta de la corteza de la naranja, en el movimiento impreciso de una esfera chocando con otra, y así sucesivamente; perteneces a un extraño orden de sonidos que van vagando desde los primeros microsegundos latientes de metamorfosis.

31.           Coexistencia de seres andróginos, de actos fuera de la potencia conformadora.

32.           El volumen de los cuerpos se puede conocer por la superficie que ocupan; tú estás y sigues sin ocupar un sitio preciso; te detienes a repensar lo que has creado con tus manos cósmicas; tu aliento vivifica la palabra, me voy llenando de ti.

33.           Algunas veces llego a querer comprender el prisma del que se ha desprendido todo,

34.           el prisma atado en el silencio, el prisma génesis de oscuridad,

35.           el prisma en el agua tranquila,

36.           el prisma corazón de los hombres.

37.           Hemos llegado a la incomprensión, a la intolerancia del hombre por el hombre, cada movimiento descompasado nos conduce a la oquedad, a lo que siempre ha estado suelto y oculto muy dentro de nosotros.

38.           Sólo tu presencia ha podido salvarme, socorrerme, me has desprendido de mí mismo para llevarme al lugar al que todos tememos con fuerza tremebunda: el terreno del reconocimiento.

39.           Me he entendido como finito.

40.           Me he entendido en la más asquerosa de las náuseas.

41.           Me he entendido a partir de la desesperación, que ahora ha cesado para cobrar nuevos bríos.

42.           Me he entendido a partir de tu presencia.

43.           Te pido que me brindes la protección que tanto busco.

44.           Que me permitas encontrarte cada vez que te llamo con voz débil.

45.           Que me abraces con ternura cuando me sienta acabado por la sensación de lo no-acabado.

46.           Que aceptes mi amor en una pura forma no-imaginada.

47.           Que permitas anularme para habitar un espacio cerca tuyo.

48.           Que deje este cuerpo, esta estructura estorbosa y limitada.

49.           Quiero ser siendo.

50.           Ya una vez hemos comido de ti.

51.           El acto de la palabra llenó calmosamente nuestro espíritu.

52.           Diste al movimiento de los granos de arena en el desierto otro sentido.

53.           Diste a esta vida mía, a mis viejas vidas, a mis olvidadas vidas desterradas de las antiguas razas, la paz con tan solo una mirada.

54.           Me siento no-encontrado, como suspendido dentro de algún espacio que nunca ha sido nombrado por las palabras de los hombres.

55.           Extiendo las manos al lugar que te pertenece. Puedo sentir la calidez que fluctúa de tu esencia de luz.

56.           Horado las tinieblas con el tacto sutil de los desgraciados que quiere regresar por el camino que antes habían olvidado.

57.           ¿Pueden sentir el sonido suave de las flautas?

58.           Silencio. Es lo que ha existido desde el principio, es el germen que nos compone. Silencio. Tú, silencio creador.

59.           Me falta aprender mucho de ti.

60.           Requiero de las enseñanzas que surgen de tus palabras que carecen de articulación.

61.           Requiero que me muestres los caminos del interior, de lo invisible para los ojos del cuerpo, de lo visible para el alma.

62.           Revísteme del manto de tu creación y permite que deje de habitar aquí para que comparta la natura de las vibraciones.

63.           Dejaré mi cuerpo, lo devolveré a la tierra, la gran madre.

64.           Polvo al polvo.

65.           Será ésta la única forma de alcanzar tu comunión más allá del tiempo.

66.           Cantos y cantos se han hecho para buscarte.

67.           Yo te busqué debajo de las constelaciones, entre el ruido de las piedras, sobre los nombres de antiguas montañas.

68.           Yo te busqué.

69.           Yo te busqué.

70.           Poesía, yo te busqué. Y créeme, me atrevo a decir, creo que te encontré.


José J. González
Escrito el día 8 de diciembre de 1012
Leido en el marco del II Coloquio de literatura y música
Toluca, Estado de México
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