Bienvenidos todos sean. Después de entrar ya no hay que mirar hacia atras.

jueves, 16 de agosto de 2012

Prima materia


Nam Beya ascendit super Gabricus, et includit eum in suo utero, quod nil penitus videri potest de eo. Tantoque amore amplexata est Gabricus, quod ipsum totum in sui natura concepit

(Rosarium Philosophorum)


Esta vez ha anochecido demasiado temprano. Las luces de la ciudad que se encuentra en la falda del gran monte comienzan a iluminarse, son como luciérnagas inmóviles sobre el campo. La luna no tardará mucho en salir, una suave luminosidad se puede apreciar ya en el oriente. Cuando la gran mujer se ubique en medio del cielo, todos podrán apreciar que ha sido preñada por las puntas que sobresalen de la corona del rey; podrá observarse un útero lleno y plagado de silencios.
            –Esta noche es cálida –dijo el gran Dios.
            –Esta noche te pertenece hermano mío, hijo mío –respondió la Mujer.
            Un riachuelo cercano empieza a sonar, arrastra lentamente las piedras pequeñas que se le atraviesan. La luna sigue creciendo, la ciudad empieza a mostrarse más y más lejana, algunas luces se apagan, otras más permanecen encendidas. Los amantes dan inicio a la danza de la unión, donde hombre y mujer se hacen Uno, unidad universal de la creación.
            El gran Dios arrastra a la Mujer a lo profundo del bosque, sus cuerpos se van perdiendo entre toda la maleza que hay a su alrededor. Caminan largo trecho hasta detenerse cerca de una gigantesca roca. Ambos la contemplan, la acarician por cada uno de sus lados, sienten su firmeza de años arcanos. Se lanzan una rápida mirada y continúan su camino en silencio.
            Algunos grillos entonan una melodía dulce, por ratos paran y se puede escuchar el murmullo que hacen las hojas cuando se tocan unas a otras. Las pisadas del Dios y la Mujer son secretas incluso para la naturaleza. La luz de luna que se logra filtrar por entre las ramas de los espesos árboles, les baña partes del cuerpo desnudo. Desde que el Uno creció al lado del Cero ninguno de los dos se avergüenza de su condición.
            Han llegado al punto más alto. Desde ahí todo parece más pequeño y distante, las luces que en un principio se podían apreciar, ahora no son más que fragmentos desconocidos. La mujer apoya su mano sobre la tierra, en ese punto comenzará a fluir un agua nueva que recorrerá lavando toda impureza. El Dios toma con delicadeza las manos de la Mujer, la separa del agua que fluye incesante.
            –Hermano mío, hijo mío, tu futura muerte no es más que el regreso al Silencio.
            –Lo sé, todo tiene que volver de donde surgió.
            –Aquel último paso espera que lo des.
            –Aquel último paso detendrá su espera
            El Dios se recostó sobre las hojas que tapizaban el suelo del lugar. Atrajo hacía sí a la Mujer, ella se acomodó a su lado. Pronto inició su acto como alguna vez lo hiciera Beya. El Dios se convirtió en líquido seminal.
            Ambos durmieron; ella lo hizo nueve días, él nueve eones. Cuando despertó la Mujer, acarició el cuerpo putrefacto que ocupó el Dios, que ahora comenzaba a despertar dentro de ella.
            Cuando la luna se desgarró en el Mercurio, fue vaciada el agua en el agua.

José J. González
Cuento escrito el 10 de agosto de 2012
Derechos Reservados

martes, 14 de agosto de 2012

Pleroma


Durante un momento sólo hubo una impetuosa y fantástica luz que tocaba y penetraba todas las cosas.
(Poe: Conversación de Eiros con Charmión)

Aún falta mucho tiempo, pero no tanto como el que creemos. Todo tiende a llegar a su fin, es el ciclo natural de todas las cosas, tenemos que entenderlo. Incluso, llegado el momento, hasta lo eterno ha de culminar su acto.
            Todos pudieron ver en el cielo la aparición de una gran mancha rojiza, una mancha informe, que a primera vista parecía ser una nebulosa. Los enormes radares que monitoreaban el universo nunca se percataron de su presencia, para toda la comunidad científica resultaba un hecho bastante extraño. De inmediato las grandes mentes de todo el mundo se dieron a la tarea de investigar lo que estaba ocurriendo. Pronto pudieron saber que aquella informidad se encontraba a pocos días del sol, a pesar de los muchos intentos, nunca se logró saber el tamaño aproximado del objeto, pues una y otra vez que se hacía el cálculo, resultaban cantidades inconmensurables, cantidades que albergaban miles de dígitos, cosa que desconcertaba a todos.
            La luz que despedía aquella mancha era tan singular, parecía tener un tono parecido al azul cerúleo. Tanto de día como de noche era tan visible. La gente, sumida en la más nerviosa de las desesperaciones, contemplaba con terror el crecimiento de la mancha. Empezaron a haber olas de saqueo, asesinatos, violaciones y todo acto que condena el buen juicio y razonamiento. Los animales, por su parte, se mantenían tranquilos, todos ellos miraban al cielo sin emitir sonido alguno, muchos dejaron de comer, causando de esta forma su muerte voluntaria.
            A pesar de su gran luz, no había cambio alguno en la temperatura, hecho que no entendían  los científicos. La gran mancha se movía, cambiando de esta manera su forma, como si se tratará de una nube más en el cielo. Las poderosas  naciones dejaron de intentar cualquier cosa cuando se dieron cuenta que sus armas más poderosas no operaban cambio alguno en la naturaleza del fenómeno. Pronto el silencio se apoderó de la tierra.
            Los relojes dejaron de funcionar, toda la energía eléctrica desapareció extrañamente. Los ríos y los mares dejaron de moverse. En los cielos ya no podía verse ni un ave. Todos aguardaban el terrible día en que aquella masa chocaría con el sol.
            Los predicadores empezaron a llamar esto como el apocalipsis, la segunda llegada del Cristo, pero no se podrían dar cuenta que lo que ocurriría terminaría incluso con lo que se conoce como Dios.
            No faltó quien afirmara que aquello no era más que el gran dios-mensajero Nyarlatothep que traía noticias del gran Caos Estúpido. Muchos otros dijeron que todo se trataba de una invasión extraterrestre, argumentando que se habían visto platillos voladores días antes de que la mancha apareciera. Algunos se contentaban manteniendo en sus mentes estas hipótesis, aunque supieran que todas eran falsas.
            Pronto llegó la madrugada del quinto día. La gran masa se encontraba en su máximo esplendor. Arriba parecía ya no haber más estrellas, como si todas hubieran sido absorbidas por ese extraño cuerpo. Dieron las siete de la mañana, el sol salió como de costumbre, esta sería la última vez que se asomaría para todos. Cuando el astro rey se encontraba en el cenit y la gran mancha parecía estar más cerca, ocurrió lo esperado por la humanidad entera.
            La mancha rojiza cubrió el sol, haciendo que se hinchara a un volumen impresionante. Los ojos curiosos comprendieron que el final había llegado. El sol estalló. El fuego de la explosión cubrió los primeros planetas, evaporándolos al instante, en menos de un segundo la tierra y todos sus pobladores comenzaron a fundirse. Nadie sintió nada. La gran mancha creció inconmensurablemente expandiéndose a todos los rincones del universo a una velocidad millones de veces superior a la de la luz.
            Un estruendo que en los santos días idos nunca se escuchó, retumbó horriblemente en cada esquina del cosmos, al tiempo que el fuego consumía todo a su paso, desapareciendo estrellas, galaxias, nebulosas, y todo lo que se le ponía al frente. Pronto la explosión llegó a la parte vacía del universo, pero aun así no se apagó. El hogar de Dios desapareció, Él se evaporó como sucedió con toda la materia y sustancia.

José J. González
Cuento escrito el 8 de agosto de 2012
Derechos reservados

jueves, 10 de mayo de 2012

“Die Leiber gebären nun ihr allerletztes Mal”

(Los cuerpos engendran ahora por última vez)


Con referencia a” Necrocannibal” de Moritician



Tú, gran masa, que una vez pensó, razonó e incluso amó, has caído de forma pesada al lugar de donde naciste. Cada una de tus partes que te conformaban, se han llenado de agua oscura y latiente. Verás que te es negado el acto de la resurrección.

                Con la mano diestra has dado muerte al hermano, porque pensabas que agradaba más al universo que los contenía. Su sangre se ha tendido sobre toda la tierra, sobre cada paso descompasado de los tristes viajeros que querían la paz del orden y el caos.

                Tu castigo es vagar interminables años a través de tierras y mares desconocidos, implorando el fuego cósmico para que venga a darte el fin de tu suplicio. Te desgarras la piel como lo hace el desesperado, el condenado a muerte, el olvidado. Con tus propios dedos sacas de tu interior la mierda que te ha hecho caminar para que la vuelvas a tragar.

                Quieres cortarte los pies para evitar el camino largo y espinoso; quieres devorarte los ojos para evitar ver lo que has provocado. Quieres anularte las manos para evitar tomar la espada que reta toda bondad espiritual.

                ¡Y sigues comiendo! Acaso no te has atascado la boca con la carne de tu hermano, no te ha calmado la sed toda la sangre que se ha derramado sólo para llenar tu copa de oro falso que tarde o temprano se romperá.

                Come como nunca lo has hecho, porque majar como éste no existirá dos veces. La carne que pruebas no la tocarán ni los gusanos, porque no les pertenece, hasta ellos saben guardar cierta distancia.

                Llénate las voraces manos, sucias por la basura en la que te revuelcas, y procura no manchar el mantel que se tiende solemne ante tus asquerosos pies de hombre.

                ¿Por qué te atreviste a defecar sobre el principio?

                ¿Esperas que alguien te levante la mano para saberte victorioso?

                Destrózate las costillas como los carniceros se lo hacen a los cerdos.

                No hay derecho para que vuelvas a pisar las grandes letras formadoras de toda co-creación.

                No hay derecho para mires hacia al frente sin que todo lo que se miré por tus ojos agusanados se llene de cuerpos hediondos y putrefactos.

                Que la lengua te sea cortada, porque en verdad la has utilizado mal. Destruyes con cada sonido que de ella mana. No te has puesto a pensar en la belleza innata de las consonantes primarias, y por tu estupidez se han visto manchadas.

                Que el corazón te sea sacado desde las entrañas y sea tirado a las bestias carroñeras que ahora circundan la tierra que has pisado. Que cada molécula de ese corazón marchito y negro acabe siendo una inexistencia.

                Que el estómago te sea reventado con tal violencia que te haga recordar el dolor que causaste a otros hombres, que nada tenían que ver en tu furia y guerra. Serás alimento infame para las moscas apocalípticas que se acercan veloces zumbando por el cielo manchado.

         Adoraste con enfermo frenesí el polvo y el agua pestilente de un falso placer.

         Los hijos de los doce padres-hermanos se avergüenzan de su raza.

         El brillo de las constelaciones se encargará de borrar de las grandes listas tu nombre de hombre.

         Encárguense los nombres ya olvidados y guardados por eones de desprenderte cada dedo, cada brazo, cada pierna. Que seas rebanado en canal para ser expuesto a los ojos de tus semejantes.

         Los fluidos de tu insomne cuerpo se regaran por los ríos, por los mares, la lluvia la repartirá en todo el mundo, tanto el de arriba como el de abajo.



José. J. González
Derechos reservados


miércoles, 25 de abril de 2012

Breve poética cósmica


1.           1   Enormes rocas suspendidas giran y giran, el aire le levanta sus negros vestidos finitos, sus cabelleras adornadas de jóvenes vírgenes forman cumulo de polvo dorado. Algunas palabras se atoran en el flujo de constelaciones, en el brazo de Saturno. Somos una gran rueda que ha perdido el eje y vaga sin senito por espacios desconocidos, lejanos, lejanos. La voz que clama una misericordia desconocida ha dejado de percibirse, ha dejado de habitar los triángulos, ha dejado de pertenecer a este tiempo-espacio, ahora se repite cuidadosamente bajo la protección de otra mano, de otra mirada.

2.              Dame el cuidado de tus grandes manos que abarcan grupos cósmicos inconmensurables, levántame, enséñame a ser fuerte, a soportar lo que no se puede evitar, lo que se espera y nos da miedo; sólo tú sabes hasta qué punto puedo resistir, soy débil y puedo caer, eres fuerte; quiero que me sostengas cuando llegue ese momento, con la suavidad de tus manos invisibles, con la fuerza que de tus brazos de sol.

3.              Dame el cuidado que un niño puede necesitar al sentir el miedo terrible de sus sueños de profeta. No seré capaz de negarte, no tendré que palpar tu piel con mi piel para saberte existente, presente. Dame el cuidado que sólo se le puede dar a un animal que está a punto de emprender su gran archa; permíteme besar con suavidad tu cielo estrellado, tu viaje de gran río, tus galaxias pequeñas y enormes, perfectas y sublimes, cálidas y frías.

4.              Los círculos son las figuras perfectas que permanecen en un vacío que no se sabe como tal. Somos vida de hombre. Polvo al polvo porque es en verdad a donde hemos pertenecido desde el principio de los siglos, a través de los minutos y segundos que conforman la larga y delgada mano de la infinitud. Fenómeno negado al hombre por una fuerza arcana y terrible, conocida y dulce, llena de enojo y apacible como el seno de la amada.

5.              El viento levanta con gracia sutil la etérea tierra. Hoja con hoja se toman de la mano; los árboles de otoño les permiten jugar su última vejez que antecede a su renacimiento como fragilidad creadora. Juegan, se caen, vuelan aterrizan; se dibujan ciclos enteros, ires y venires. Muerte y resurrección.

6.              El agua escapa de nuestras manos, el tiempo también lo hace, la misma vida lo hace, lo que queremos no se queda para siempre, el hombre no se acostumbra a la impermanencia de las cosas. Vivir son constantes movimientos que a veces tiene que dar pasos al vacío para poderse encontrar a sí misma, sin ninguna máscara, tal y como es, fuera de las imperfecciones de los cuerpos contenedores. Se siente cierta atracción al vértigo, se nos pide aprender a caer, ¿lo podremos hacer sin que nos duela el abandono, el retiro de todo, el dejar para revelar? ¿Lo podremos hacer sin chistar, sin otra mano más que la que viene viniendo desde el inicio de nuestros días?

7.              Permanecemos dando vueltas a velocidades incalculables, pero no lo sentimos; ni siquiera nos percatamos del sol que nace y muere ante nuestros ojos; nos medimos. Permanecemos callados, en suspenso, entre paréntesis. Sentimos la mirada triste y lejana de alguien, la voz casi apagada de sombras que no se han revelado ni en nuestros sueños.

8.              El aire que cruza por cada rincón de la tierra, por entre las ramas de los árboles, por sobre la corriente del riachuelo, gira en un su propio eje levantando las manos al cielo y extendiendo ruegos en lenguas que nosotros hemos olvidado. La indiferencia nos devora como lo hace la ira.

9.              Esta vez el movimiento de algunos animales corriendo a campo traviesa nos enseñan que nuestra muerte la cargamos a donde sea que vayamos: el polvo. Tratemos de limpiarnos los ojos con ambas manos, veamos, observemos, entendamos. El suelo que se tiende ante nuestros pies ni siquiera nos pertenece, por qué queremos poseer lo que sabemos como prestado.

10.           Cuando alcancemos a contar todas las estrellas existentes y por nacer, tendremos el derecho de adueñarnos de algo; conocemos más de lo que está afuera, o así nos engañamos, que de lo que está adentro. No nos conocemos, ¿qué somos? Un sombra en un mundo que se percibe como juego de espejos. Representaciones de algo que no pueden ver nuestros ojos con gran detalle.

11.           Grandes edificios se levantan soberbios retando el manto azul, hogar de las aves que van de paso. El ruido de los motores rugiendo allá abajo, pasos de personas que van a un lugar antes pensado, el tiempo olvidado, perdido en quehaceres rutinarios.

12.           Alguien empuña un arma.

13.           Alguien le declara la guerra a un débil.

14.           Alguien finge vivir en armonía, es un tornado potente que va arrasando pedazos de corazones.

15.           Hemos dejado de ser para estar. Nos hemos abandonado en una mala forma, ni eso podemos comprender del todo, nuestro conocimiento de muchas cosas es más limitado de lo que puede llegar a pensarse. Arrastramos los pies para dejar un rastro preciso para cuando queramos volver, no hay vuelta atrás, que caigan las grandes estatuas de sal que se forman a las faldas de las montañas.

16.           Naturalmente, mi sangre escasea por cada pensamiento, mi cuerpo se va llenando de más vacíos cada vez que siento que uno ha sido llenado.

17.            Mis manos temblorosas sienten el miedo de una partida lejana; los perros duermen por la mañana concibiendo suertes perecederas, corren y dan grandes saltos como corderos, aunque también saben que han de ser sacrificados para calmar la ira de un dios remoto.

18.           Cada mañana surgen insectos entonando melodías que parecieran ruidosas e inservibles. Ya nada sorprende al hombre.

19.           ¿Qué tiempo no se ha revelado como tendría que haberlo hecho?

20.           ¿Qué imagen inunda tu mente, viajero de cosmos?

21.           ¿Qué sonidos te han vestido esta mañana para emprender la carrera desenfrenada al desierto?

22.           Has bebido y comido de la carne de tu hermano para sentirte limpio, para hacerte saber, para convencerte que puedes volver a ceros creyendo que tienes las manos recién salidas del agua. Incluso el agua más pura llega a contaminarse con la tierra que el hombre guarda entre sus uñas.

23.           Polvo al polvo. La tierra no hace ninguna diferencia, ella no tiene la culpa que en el barro del que nos formaran habitara el gusano corrompedor. La tierra no hace ninguna diferencia, podemos sentirnos felices al saber esto, podemos regocijarnos, hacer de cuenta que todo termina cuando tiene que terminar. La tierra no hace ninguna diferencia, claro que no, ¿cómo te siente al pensar que compartirás un lugar donde lo superior, inferior, bueno, malo no existe como tal?

24.           Bajo las grandes medidas cósmicas nos llegaremos a saber infinitos, sólo así, por el momento nos es imposible acceder a ello. Vengan tus palabras interminables a darnos el consuelo que tanta falta nos hace, vengan tus palabras a sanar nuestro espíritu que ha sufrido la herida de una espada que creíamos buena y de buen corazón.

25.           Conocer me lleva a no conocer, saber me conduce a la ignorancia. Y aunque sepa mucho de muchas causas  y efectos, en realidad alcanzo a comprender nada. Tú, que sin la necesidad de adentrarte a lo que quieres obtienes el universo entero, puedes entenderlo. Tú que sin haber leído mucho de lo que los hombres han escrito guardas en una sola molécula divina el rayo luminoso de las supernovas.

26.           Escapemos, a donde nada nos impida el abrazo mutuo con la naturaleza, donde podamos escuchar el cuchicheo del pasto y el murmullo de las hierbas a nuestro alrededor. Donde vivamos cubiertos por el cielo infinito  que se extiende a todo lo ancho de nuestras miradas. El uno y el Universo.

27.           Sé que necesitas pruebas de mi amor universal, de mi cariño que sobrevuela los campos floreados como ave cantor, como el silbido del viento jugando con la maleza, con el rubor de las olas, con la templanza del polvo solidificado, con la tibieza matutina del logos que te forma.

28.           Conduce este camino, que tus dedos caprichosos y serenos se junten en indecibles metáforas, en grandes imágenes protectoras. Conduce este camino como lo has hecho desde antes de saber de tu existencia.

29.           Buscamos tus nombres mencionados por las rocas, por los animales; buscamos tus nombres escritos en los colores de las estrellas que van muriendo, en toda centella de luz, en el titiritar de cuerpos celestes.

30.           Estás tan alto que nosotros, sobre todo yo, no podré alcanzar para contemplarte en tu proporción divina de creación. Estás en la parte oculta de la corteza de la naranja, en el movimiento impreciso de una esfera chocando con otra, y así sucesivamente; perteneces a un extraño orden de sonidos que van vagando desde los primeros microsegundos latientes de metamorfosis.

31.           Coexistencia de seres andróginos, de actos fuera de la potencia conformadora.

32.           El volumen de los cuerpos se puede conocer por la superficie que ocupan; tú estás y sigues sin ocupar un sitio preciso; te detienes a repensar lo que has creado con tus manos cósmicas; tu aliento vivifica la palabra, me voy llenando de ti.

33.           Algunas veces llego a querer comprender el prisma del que se ha desprendido todo,

34.           el prisma atado en el silencio, el prisma génesis de oscuridad,

35.           el prisma en el agua tranquila,

36.           el prisma corazón de los hombres.

37.           Hemos llegado a la incomprensión, a la intolerancia del hombre por el hombre, cada movimiento descompasado nos conduce a la oquedad, a lo que siempre ha estado suelto y oculto muy dentro de nosotros.

38.           Sólo tu presencia ha podido salvarme, socorrerme, me has desprendido de mí mismo para llevarme al lugar al que todos tememos con fuerza tremebunda: el terreno del reconocimiento.

39.           Me he entendido como finito.

40.           Me he entendido en la más asquerosa de las náuseas.

41.           Me he entendido a partir de la desesperación, que ahora ha cesado para cobrar nuevos bríos.

42.           Me he entendido a partir de tu presencia.

43.           Te pido que me brindes la protección que tanto busco.

44.           Que me permitas encontrarte cada vez que te llamo con voz débil.

45.           Que me abraces con ternura cuando me sienta acabado por la sensación de lo no-acabado.

46.           Que aceptes mi amor en una pura forma no-imaginada.

47.           Que permitas anularme para habitar un espacio cerca tuyo.

48.           Que deje este cuerpo, esta estructura estorbosa y limitada.

49.           Quiero ser siendo.

50.           Ya una vez hemos comido de ti.

51.           El acto de la palabra llenó calmosamente nuestro espíritu.

52.           Diste al movimiento de los granos de arena en el desierto otro sentido.

53.           Diste a esta vida mía, a mis viejas vidas, a mis olvidadas vidas desterradas de las antiguas razas, la paz con tan solo una mirada.

54.           Me siento no-encontrado, como suspendido dentro de algún espacio que nunca ha sido nombrado por las palabras de los hombres.

55.           Extiendo las manos al lugar que te pertenece. Puedo sentir la calidez que fluctúa de tu esencia de luz.

56.           Horado las tinieblas con el tacto sutil de los desgraciados que quiere regresar por el camino que antes habían olvidado.

57.           ¿Pueden sentir el sonido suave de las flautas?

58.           Silencio. Es lo que ha existido desde el principio, es el germen que nos compone. Silencio. Tú, silencio creador.

59.           Me falta aprender mucho de ti.

60.           Requiero de las enseñanzas que surgen de tus palabras que carecen de articulación.

61.           Requiero que me muestres los caminos del interior, de lo invisible para los ojos del cuerpo, de lo visible para el alma.

62.           Revísteme del manto de tu creación y permite que deje de habitar aquí para que comparta la natura de las vibraciones.

63.           Dejaré mi cuerpo, lo devolveré a la tierra, la gran madre.

64.           Polvo al polvo.

65.           Será ésta la única forma de alcanzar tu comunión más allá del tiempo.

66.           Cantos y cantos se han hecho para buscarte.

67.           Yo te busqué debajo de las constelaciones, entre el ruido de las piedras, sobre los nombres de antiguas montañas.

68.           Yo te busqué.

69.           Yo te busqué.

70.           Poesía, yo te busqué. Y créeme, me atrevo a decir, creo que te encontré.


José J. González
Escrito el día 8 de diciembre de 1012
Leido en el marco del II Coloquio de literatura y música
Toluca, Estado de México
Derechos reservados

lunes, 9 de abril de 2012

perros blancos

Las tres. Las tres, siempre es demasiado tarde o demasiado temprano para lo que uno quiere hacer. Momento absurdo de la tarde. Hoy es intolerable.
Jean Paul Sartre; La Nausea

Aquella noche, mientras camine en las calles húmedas y solitarias de aquella ciudad, podré ver de reojo a tres señores que se estarán acercando lentamente a mí. Trataré de caminar más rápido al sentir su presencia cerca. Ellos mantendrán el paso quieto y calmado que hace que sus largos abrigos se muevan rítmicamente. Voltearé una y otra vez para buscar sus rostros levemente iluminados por la luz de los faroles tristes; la oscuridad me ocultará sus ojos; lo único que podré percibir serán sus grandes figuras tenebrosas.
Mi paso apresurado me llevará hasta un cruce de caminos. No pasará ningún auto a pesar de que será aún temprano. Veré, a orillas de la acera, dos perros; uno negro completamente, el otro, blanco, un blanco perfecto nunca presenciado por ojos humanos. Me verán acercármeles agitado. El asfalto semejará a un gran río de aguas profundas y sucias. El can negro me lamerá la mano derecha como si quisiera que le acompañase; bajará de la acera y, con sus cuatro patas, se dirigirá al otro lado de la avenida; desde ahí lanzará un fuerte ladrido. Llamará a su compañero, éste tendrá miedo a cruzar.
Yo observaré silencioso, despreocupado de los hombres que estarán cada vez más cerca. Trataré de cargar entre mis brazos al gran animal blanco; cuando al fin lo haya hecho y esté a punto de bajar de la acera, la carretera se transformará en tierra fangosa. Nos impedirá el paso. El perro negro se alejará, se irá perdiendo en aquella oscuridad proveniente del otro lado. Sentiré la presencia de los hombres cada vez más cercana. El perro blanco desaparecerá de mis manos, me hallaré cargando nada; mis brazos parecerán estar extendidos como pidiendo misericordia a un ser ignoto y arcano.
Los edificios se levantarán como gigantes terribles. La luna se ocultará tras las gruesas nubes que se formarán de la nada. Correré temiendo caer en aquella agua espesa. Los señores desaparecerán; caminaré lento. El silencio comenzará a hacer de aquel lugar su reino. Veré el rostro de una persona anciana en uno de los cristales que sirven como puertas a un gran edificio ubicado a mi derecha. Daré un paso hacia atrás al darme cuenta que el rostro de la que creía era una persona es, en realidad, la de un gran perro con rasgos humanos.
Gritaré pidiendo ayuda. Nadie responderá. Los tres señores volverán a aparecer; se ubicarán a pocos pasos de mí, intentaré correr, pero me percataré que por más que mueva las piernas permanezco en el mismo lugar. Gritaré. Al otro lado de la gran avenida se ira aglomerando un grupo de personas, todas desnudas y con los cuerpos flageados. Me verán y cuchichearán entre ellas. Se irán convirtiendo en sombras diáfanas.
Los tres señores habrán cambiado los largos abrigos por grandes túnicas negras. Podré observar que su tamaño es desproporcional a la de cualquier hombre. No lograré verles el rostro que permanecerá oculto bajo gruesas capuchas. Podré ver al perro blanco que sostuve en los brazos, inmóvil a lo lejos como temeroso de un hecho desconocido.
Uno de los tres hombres me tomará del brazo, caminaremos por un tiempo que me parecerá toda una eternidad. Nos detendremos frente a una gran puerta de madera perteneciente a un edificio negro y opaco. La puerta se abrirá. Entraremos con paso solemne. Para ese entonces estaré guardando silencio, pues habré comprendido que gritar no me sirve de nada.
El interior del lugar se iluminará por una fuerte luz amarilla. Los tres señores me dejarán a un lado y se dedicarán a hablar entre sí. Podré sentir un suelo rocoso bajo mis pies; me percataré que estamos en un lugar repleto de grandes piedras.
Cuando hayan terminado de hablar caminarán hacia donde me encuentro. Me tumbarán al suelo. Uno de los señores me tomará de la garganta, otro más me hundirá un cuchillo en el corazón, así lo hará dos veces más. Con los ojos moribundos, veré todavía a los señores inclinados muy de cerca observando el desenlace mejilla con mejilla.
–¡Cómo un perro! –Dirán.
Cerraré los ojos hasta que deje de sentir algo. Mucho tiempo después los abriré y me miraré. Saldré caminando de aquel lugar. Permaneceré sentado en la puerta del viejo y grande edificio, esperaré a que den las tres de la tarde para que alguien entre ahí y me descubra.
Llegará el perro blanco que vi por la noche. Se enrollará para dormir a mis pies. Le acariciaré el pelo, alzaré la vista al cielo que se mostrará lejano e inalcanzable. Lejano e inalcanzable.

José J. González
Cuento escrito el día 9 de abril de 2012 a las 2:56 am.
Toluca, Estado de México
Derechos reservados

lunes, 19 de marzo de 2012

Ciudad blanca

Mi amada es una ciudad blanca

…………..

…………..

sus cabellos son árboles frescos de manzanas,

ciruelos y naranjas.

En ella habitan dos peces

quietos y nostálgicos;

por las tardes

el sol tiende a ocultarse en su frente.


Cerca hay un riachuelo delgado y lento

del que surge la palabra «creación»

consultada por el viento.


De su fina blancura, casi albura,

se levanta una soberbia pequeña montaña,

a veces es fría, a veces es cálida.


Mi amada es una ciudad blanca

que guarda en sus aguas el deseo de la vida.


Mis dedos viajeros conocen la ruta

para llegar a la plaza central

donde habitan panales de abejas

que no paran de zumbar.


Mi amada es una ciudad blanca

de la que surgen dos pequeñas cúpulas religiosas

en un acto de perfección divina.

Cada cúpula le adorna una cruz

que reta todo principio de bondad.

Cada cruz es el centro mismo de mi universo.


Mi amada es una ciudad blanca

……………….

……………….

es una ciudad con estepa y fauna

–es un terreno firme y secreto–

es una estepa sin animal fiero,

es una estepa calmada y silenciosa,

una estepa con ombligo quieto.


Existe un lugar en dicha ciudad

donde las flores surgen bellas por ser tierra suaves,

es un lugar cálido y zumbante,

es un lugar de abejas y enjambres.


Éste es un lugar protegido por esplendorosas columnas:

hechura de la arquitectura del mármol geométrico,

envidia de las diosas de vedados nombres,

inspiración de los cantos de natura,

–piernas sublimes que son una hermosura.


Mi amada es una ciudad blanca

que se agita tempestiva y despacio.

……………..

……………..

Mi amada es una ciudad blanca

con blancas manos

que me invitan a descubrirla

en cada uno de sus detalles

por calles, avenidas y valles.


José J. González

Derechos Reservados

miércoles, 14 de marzo de 2012

De noche en la ciudad blanca


¡En el mundo que Él ha creado con su designio
Glorificado Alabado
Magnificado Loado Exsaltado sea el Nombre del Uno Divino
que es Él!
Allen Ginsberg: Himno

«When I was a little child / We often walked the country-side / in brightest sunlight, or in rain / my mother took me by the hand / and as she had me in her tow / a frown then came upon her brow / she turned her head, looked down at me / and spoke these words of prophecy:»

A su arribo fue a hospedarse a una pequeña posada cerca del centro. Ya en su habitación desempacó con sumo cuidado cada una de sus pertenencias. El cansancio derivado del largo viaje se le había impregnado en la parte glauca de la mirada: durante todo el trayecto no había podido cerrar los ojos, su cuerpo no pudo descansar a sapiencia de que en el espacio donde estaría en reposo se encontrara otro espacio moviéndose bajo una velocidad invariable. Lo mejor hubiera sido haber emprendido el traslado en avión, pero da el caso que su temor a volar no se lo permitió.

Por lo general los hombres como éste construyen su propio laberinto, pero no pueden armar alguna máquina que les satisfaga del todo para poder escapar de él. La naturaleza de estos sujetos resulta un tanto difícil de comprender: escapan al común denominador, incluso lo hacen de los más elaborados diagnósticos psicológicos; podríamos argumentar que se mueven bajo una extraña forma de metafísica. No estamos frente a un Holden, o un Arthur Jermyn, o un Harry Haller. Él simplemente era él, creo que si los primeros hombres de pensamientos elaborados le hubiesen conocido lo habrían querido tener como discípulo por este simple hecho.

«Kalte Hände, Froschnatur / von der Liebe keine Spur! / Hast kalte Hände, bist Froschnatur, / nein, von der Lieb' ist keine Spur!» Dos semanas antes de salir de casa había sido atacado por un grande y enigmático perro blanco. Le tuvieron que dar seis puntadas en la pierna derecha, esto provocaba que sus movimientos estuvieran acompañados por cierto dolor. Pero a decir verdad, hace mucho que se había olvidado de dicha sensación. Se levantó del borde de la cama y se dirigió al baño para comprobar si había agua caliente, pues lo que ahora necesitaba era retirarse todo el peso del camino. Giró la llave, de inmediato sintió la frescura soberbia de una ciudad geométricamente obsesiva mojándole el brazo. Pronto se deshizo de la ropa y pudo saberse ligero. Pero el cuerpo lo seguía reteniendo, y a donde él quería ir no podía hacerlo cargando esa masa obsoleta y pesada.

Cuando terminó de bañarse le llamó la atención las formas que adquirían los muebles por un extraño fenómeno luminoso. De repente percibía una profundidad engañosa que le hacía tambalear. Los latidos de su corazón se aceleraron, sentía explotarle el pecho. «Die Fröschelein, die fröschelein / das ist ein lustig Chor. / Sie haben ja, sie haben ja / kein Schwanzen und kein Ohr.» Sus manos estaban completamente frías, un calosfrío le recorrió toda la flauta espina dorsal. Cuando se vio recuperado por un momento corrió a la ventana más próxima, la abrió con frenesí. El aire tibio le golpeó el desnudo pecho, en la cara y en los brazos. Su habitación ubicada en la segunda planta le permitía obtener una hermosa postal nocturna.

Por un instante recordó a Phoebe, a Deep the eternal forest, un viejo lugar en un olvidado pueblo. Pensó en la última noche que durmió al lado de Phoebe, sin darse cuenta ya habían pasado más de diez años desde su muerte y él aún mantenía cada detalle de ella en su mente. Aguzó el oído para querer buscar los sonidos de un Zan, observó con atención esperando visualizar alguna forma neurótica de un Pickman. Pero a pesar de todo no pudo escuchar ni ver algo parecido a lo que deseaba.

A lo lejos los grandes edificios iluminados se levantaban rompiendo con el manto oscuro de un dios olvidado. La noche es sublime, se dijo, es una naturaleza arcana e ignota que no debe de pertenecer al hombre. En el parque cercano aún había un puñado de personas, todas ellas charlando en grupos o en parejas, bebiendo café o fumando un puro. Y más allá, entre unas bancas sombrías, se encontraba un vagamundo, quizá era el único que sentía la presencia de él, o quizá sólo miraba al vacío. Se alejó por un momento de la ventana, pues no se podía explicarse el miedo infundido por aquella asquerosa mirada.

Cerró de par en par la ventana. «Die Fröschelein, die fröschelein / das ist ein lustig Chor. / Sie haben ja, sie haben ja / kein Schwanzen und kein Ohr.» Se dirigió al baño, limpió el espejo. Miró una y otra vez su imagen en aquella imagen, observó sus gestos en esos gestos, su mirada en otros ojos. No podía comprender nada. Había llegado a un lugar que no solicitaba sus servicios. Sólo había venido con instrucciones de recibir instrucciones más tarde. Ahora tenía que esperar a que éstas llegaran, si es que existían en este universo.

José J. González

Derechos reservados