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miércoles, 23 de octubre de 2013

Impresión de tu alejamiento




11:28/23-10-013

Levántate nostalgia de cuchilla,
la mañana es muy fría para tenerte atrapada en las muñecas
y en la garganta;
las 5:20 a.m. son un diorama infinito de mi soledad
que te descubre ausente en mis pupilas;
levántate filosa nostalgia,
los murmullos de mis huesos terminan por encender la habitación
de un vago aroma a desesperación.

Has pasado
y nos somos desconocidos;
tú, despedazada por perros,
yo, atorado en la melancolía de la mañana
viéndote caminar, alejándote sin voltear.
Por dentro me devora una libélula,
¿querrás extirparla si regresas?

Levántate cósmica caída,
borra de tus labios el sereno gusano de la marchitación,
podrás danzar la música de los alcatraces
y el polen de los ángeles cabizbajos.
¿Sabes oscurecer la tempestad?
¿Sabes arrancarles las alas a los colibríes?

10:16 a.m.
sigue haciendo frio allá afuera;
me dijeron que vendrías temprano.
Levántate hielocortante navaja
de la plancha diseccionada
donde su metal origina mi nombre emparentado con tu crucial frío
de montaña.

¿Qué tan desconocidos hemos sido esta mañana?
Tú, arrastrando cometas con tus pasos,
yo, sólo una sombra etérea en el patio.



José J. González
Derechos reservados

lunes, 9 de septiembre de 2013

Pensamiento

Me he quedado sobre la aguja,
exploro la clarividencia de tus manos
mientras me recuesto hacia las olas.

Me he permitido sentirte y hacer de tu gloria mi adicción,
extraña marea de orgasmos,
inquietante abeja que tiembla.

Ubico el incendio de tus senos
sobre las nubes multiformes
absorviendo la lentitud de tus caderas.

Me hago tuyo
y mi lengua repta entre tus piernas
mientras que poco a poco me anuncias tu llegada.



José J. González.

miércoles, 3 de julio de 2013

Poema III de "El fuego y la nube"



Poesía, amica mea,
ponte el vestido floreado
que canto me encanta.

Hoy quiero arrancarle con calma
cada uno de sus pétalos,
y hacer con ellos una sábana
donde apagar tu cuerpo de claro trigo y llama.



José J. González 
Derechos reservados

martes, 28 de mayo de 2013

Figuraba las aves: La ruptura del orden



No será un mal hombre, pero tampoco es un hombre bueno. No es frío ni caliente, ni siquiera en sus momentos más acalorados.
J. M. Coetzee

A  algunos deberían de cortarles las manos, a otros más coserles los labios con hilo cáñamo, a los demás pegarles los parpados con nitrocelulosa. Pero incluso aunque se hiciera esto, los escritores, aquellos que lo son de verdad y no son la parodia y la pose, se armaran nuevas manos a partir de semas y morfemas, aprenderán a hablar y a leer en voz alta con los pies, leerán con sólo escuchar el paso lento de los gatos sobre las sábanas. Y ¿por qué no dejará de ser escritor aun estando impelido por diversas causas, sean estas cósmicas, psicológicas, sociales, económicas, etcétera? La razón es sumamente sencilla, y es porque los Dioses no conocen de límites; en sus dedos se enredan viscosamente las palabras. Le es imposible detener ese flujo orgásmico que chorrea desde sus cabezas hasta sus uñas.
            Hace poco, en un artículo publicado en el Semanario El Punto, hablaba de la importancia de crear y ser creado a partir del lenguaje. El escritor, es un Dios, o en su caso, un Demiurgo, es el arquitecto de los universos palabrísticos. Al tiempo que escribe está creando, a veces lo hace para que sus personajes le rindan los honores que este ser ególatra necesita para sentirse bien. Ya Unamuno nos daba cuenta de esto cuando se pone a dialogar con Augusto, poco antes de que la niebla le cubriese los ojos y la noche se hiciera sobre él y Plutón.
            A veces este escritor no sabe lo que ha hecho, toma a la ligera su labor arquetípica; pero la mejor de las veces se sienta a practicar una y tantas veces las posibles contingencias de sentidos que puedan ser disparadas de su palabra de arcilla. Tal es el caso de un joven escritor toluqueño, Antonio Carrillo Cerda, quien de un tiempo para acá sus creaciones han ido volviéndose más herméticas. ¿Podremos decir que está alcanzando cierta madurez como escritor? Saberlo resulta complicado, aunque si así fuera ya no se vería en la necesidad de escribir, sino en la de pensar lo doble y plasmar tan sólo la mitad.
            En este último textito que ha llegado a mis manos, figuraba las aves, editado por él mismo, me encontré con algunas cosas interesantes que van desde simples planteamientos psicológicos hasta una posible ley de física cuántica; podremos decir que a partir de esta obrita comienza a nacer Antonio Carrillo Cerda, lo anterior tan sólo era una larva que usurpaba su lugar. Aún recuerdo algunas de las veces que compartimos mesa para leer en público, sus cuentos, a pesar de estar bien armados, les faltaba algo, carecían de la chispa que desborda éste.
            La conjunción que hace de diversas disciplinas hace más dinámico su texto. La interacción de los tiempos y personas. El uso de lo ominoso y la sorpresa, a pesar de que algunas veces suena forzado es de curiosa estructura, algo semejante ocurre con sus breves referencias a planteamientos herméticos y cabalísticos. Siendo esto lo único que le resta fuerza, pues los “correlatos objetivos” se mezclan con sensaciones inmediatas, imposibilitándose así una ordenación intelectual de alto nivel cognoscente.
            Su pretensión de crear atmosferas extrañas y personajes salidos de una mente como sólo la de Lautremont le llevan al casi inentendimiento, a la incomunicación, cosa que admiro pero a la vez me entristece: lo admiro porque sus textos no pueden ser leídos por masas enteras de lectores imbéciles y de ocasión; triste porque textos de mucho contenido no serán nunca bien recibidos, y es precisamente porque el hombre está acostumbrado a lo fácil. Señor escritor, así como lo apunta en su equivoco canino, traigo algunas de sus palabras para decirle lo que Nietzsche podría decirle con las moscas: “Perrito solitario. La manada no se hizo para ti…”
            Carrillo Cerda nos acerca a extraños infiernos, simulacros de realidades utópicas donde lo real se confunde con lo real, donde el sueño se confunde con el sueño.
            Figuraba las aves, un nuevo título que se agrega a mi biblioteca de escritores toluqueños, un nuevo título que me da nuevas muestras de  la latente ornitorrincofilia que padece este escritor. Sin lugar a dudas, a unos deberían de mutilarles las manos, a otros practicarles una logotomía, a los demás dejarlos sin entrañas ni hipotenusas. Pero en realidad a todos deberían de quitarles los libros.

José J. González

27 de mayo de 2013

Toluca, Estado de México

domingo, 31 de marzo de 2013

Estudio sobre tu cuerpo I



El lunar sobre tu espalda es una isla,
es un ave que sobrevuela la alta esfera de tu cuerpo,
es un pequeño punto que vibra cuando te desnudo,
cuando mis labios exploran la magnificencia de tus asimétricos pezones,
la hondura suave de tu ombligo glauco,
la inquietud de tu abeja-sexo.


El lunar sobre tu espalda es un breve espacio entre tu tiempo y mi tiempo,
una aromática consonante pasiva y a la espera de mi peso.
a la espera de que mis manos se llenen de tus senos,
a la espera que sea Uno contigo
mientras mi lengua te recorre entera y sin prisa
toda tu carne hecha de trigo.

El lunar de tu espalda es un testigo mudo de nuestro antropofagismo
de nuestras ganas inmensas de devorarnos con la calma del silencio.

El lunar de tu espalda es el sobreviviente
de tus caídas a las aguas del infierno
y tu inmediata ascensión a los cielos.


Poema escrito por José J. González

martes, 15 de enero de 2013

Evocación

No soy cobarde no tengo miedo,
y mientras más alto más cerca del suelo
el fuego me abruma, risible caída
no tengo alas mas caigo hacia arriba.
(ExsecrorVecordia;  Entre los sueños del tiempo)

Cuando Saturno devoró lo que tenía entre sus garras, Harry fue a sentarse cerca de la ventana a contemplar la caída desesperada de una tarde de invierno. Se encogió de hombros y se sumió en lo más profundo de sus pensamientos. Dejó sobre la mesa a Roquentin y sus flores violetas, al tiempo que el viento del ventilador le daba en la cara, haciendo que sus cabellos jugarán caprichosamente. Izza había salido desde hacía más de dos seis, en estos precisos momentos estaría en su oficina ordenando su escritorio, preparándose para regresar a casa. Él ya se había acostumbrado a su breve ausencia; los primeros días no podía evitar sentirse solo, pues su enclaustramiento se debía a la imposibilidad de relacionarse con los demás. Todo su universo giraba en torno a Elizza y a él, fuera de esto nada existía, nada; de hecho, si no fuera por el trabajo que desempeñaba por la madrugada como redactor de una revista su contacto con el mundo externo sería inexistente.
  
 Mientras se encontraba sentado pudo evocar la constelación de El bello pájaro que descifra lo desconocido a una pareja de enamorados, con sus dedos dibujó en el cielo algunas líneas que sólo él podía contemplar. ¿Hace cuánto que ya no se había dado a la tarea de reflexionar? Nadie lo sabe, pues cuando uno vive en la felicidad esto le parece inútil, sin un sentido trascendente. Si en un momento Harry se había abandonado del mundo real para ir a saltar espacios de la mano de CeesNooteboom, ahora también se abandonaba de todos aquellos universos que ya se le habían revelado, pues se dio cuenta que su existencia estaba en otro lugar, no con un viajero, sino en alguien que le podía brindar los mejores recorridos de su vida: Melizza.
  
 Tanto Harry como Melizza hace años, antes de que él uno conociera al otro, habían roto el cascaron, revelándose así como hermosos pájaros que volaban hacia Dios, un Dios que comprendía la naturaleza humana, porque precisamente el albergaba la dualidad creadora del universo. Sin embargo, Harry era el que más consciente estaba de esto, y el saberlo le hacía daño, le afligía en el corazón un peso tremendo, un peso de millones de eones. Esto le hacía débil y frágil frente a una realidad devoradora y absurda, de la que muchas veces no podía salir tan fácilmente si no fuera por la palabra sabia de Mel, que le tendía una mano brillante cuando más se acercaba él al abismo de su desesperación.
   
Ya casi eran las siete de la tarde. Se levantó de su asiento, fue rumbo a su taller ubicado al otro lado del jardín. Abrió la puerta con sumo cuidado, al fondo, en el centro podía verse una gran tela inacabada, llena de logaritmos, ecuaciones y gráficas, pues de un tiempo para acá se había obsesionado tanto con las ciencias exactas al grado que su labor artística se viró a contenidos cada vez más difíciles de entender.
   
Entre pensativo y reflexivo se dirigió con paso lento al reproductor de música ubicado en la parte norte de su taller. Sterilenail and thunderbowels. Vertió un poco de acrílico sobre la paleta, y acercándose peligrosamente a un nuevo bastidor coloca tres líneas sin ton ni son, se sienta a contemplar su tarea desprovista de técnica, su técnica desprovista de teoría. Se llevó el pincel a los labios, hecho a un lado la paleta; la música continuaba mientras el clavaba la mirada en la tela.
   
Tocaron a la puerta. Se levantó de golpe. En el marco umbral de la puerta, entre la luz y la oscuridad, ni adentro ni afuera, estaba Melizza, vestida con un largo abrigo que le llegaba hasta las rodillas. Harry la contemplo como suele contemplar una de sus obras terminadas, maravillándose de lo perfecta que era la imagen.
   
–Ya es tarde –dijo Meli.
 
  –Lo lamento, se me fue el tiempo aquí.
 
  Elizza tomó del brazo a Harry y lo condujo a la sala. Esta vez él estaba más callado que de costumbre, cenaron casi en silencio. Cuando llegó la hora de irse a dormir, Harry se adelantó a tomar un baño, mientras que Meli pensaba en qué pudo haber ocurrido. Caminó de un lado a otro hasta que decidió echar un ojo al taller. Cuando hubo estado adentro, contempló con miedo la imagen de un ser con cabeza de gallo, cuerpo de hombre y patas de chivo, llevando atadas a sus manos unas enormes correas que sostenían a tres negros perros que parecían salirse de la tela. No pudo evitar dar un paso hacia atrás. Apagó la luz y salió aprisa del taller, cerrando tras de sí la puerta.
   
Cuando llegó a la habitación encontró a Harry dormido. Ella se sentó al borde de la cama. Pensó mucho hasta que al final se quedo dormida
    ….

    Continuara


José J. González
Derechos reservados

lunes, 10 de diciembre de 2012

Iter Cósmicum



Había, según dicen, un Eón perfecto, supraexistente, que vivía en las alturas invisibles e innominables.
(Ireneo de Lyón; Contra las herejías)





El viajero que camina fuera de casa, lejos de sus tierras, anda con la cabeza baja, con la barba larga que le llega hasta los pies. Lleva los pantalones rotos, un abrigo viejo y roído por los roedores y polillas. Desde el primer día que emprendió su viaje ha cambiado de forma, primero fue un enorme perro blanco, grande y majestuoso, luego paso a ser un hermoso caballo glauco de cascos áuricos, tiempo después fue nube, una nube que hizo de la tierra fértil hogar para su semilla de hombre.
            Camina sin rumbo fijo; aunque algunas ocasiones se deja guiar por las aves que alumbran el cielo con sus luces de plata, él las mira nostálgico y piensa en su tierra, en su familia y en sí mismo. Se toca el rostro con ambas manos y se da cuenta que de sus ojos surgen fragantes plantas que empezarán a enredársele por todo el cuerpo. Muy pocas veces se detiene a comer, pues su único alimento se encuentra en la lluvia que algunas veces le cae tempestuosamente. Tiene miedo de sentarse, pues la última vez que lo hizo ya no podía levantarse.
            Cierta ocasión, en su andar, se encontró con un niño que era gigante, pues media más de dos metros. Ambos anduvieron largos años sin dirigirse la palabra. A veces este niño parecía empequeñecerse, pero sucedía todo lo contrario. Los dos se comprobaron solos y cada uno decidió seguir por su propio camino. El viajero se fue al norte, donde habitan las mujeres más hermosas de La Buenaventura. Estuvo muy cerca de la luna y su brillo, muy cerca de las esferas y su música supra-celeste.
            Viajero presenció, ahí, la muerte de uno de los grandes señores. Fue testigo de las oraciones fúnebres, de las flores que adornaban el campo de vidrio y diamante. Observó detenidamente el cuerpo delgado, pálido, del que antes había sido un señor. Siguió a la carroza que era tirada por grandes cerdos domesticados. Se deleitó con los colores de las máscaras que portaban los dolientes. Quiso tocar la túnica gastada del sacerdote que no paraba de masturbarse frente al cadáver. Probó de aquella carne que los demás comían el día del entierro. Se arrodilló por unos segundos para besarle la vulva a la viuda.
            Ha saltado de planeta en planeta, de constelación en constelación. Vivió un tiempo sobre las rojas aguas de los mares donde terminan de descomponerse los cuerpos fétidos de los animales sacrificados a deidades desconocidas; durmió de pie al lado de los grandes elefantes de un solo ojos y tres marfiles; se bañó en la leche de las doncellas vírgenes que estaban al servicio de un rey ciego, sordo y mudo. Se anduvo paseando con una hermosa mujer lisiada, carente de cuerpo. A decir verdad, vivió con ella un tiempo indefinible, formó una segunda familia que constaba de tres hijos, uno era un caballo, el otro un roedor con patas de castos, y el tercero una gran huevo, que de uno de sus lados sobresalía un gigantesco árbol que daba hogar a centenares de aves de invierno.
            Este hombre dialogó con el mercurio, con la plata y el ajenjo. Comió en la misma mesa donde se sientan las estrellas y cometas; se prendió de la velocidad de una viajera nova estelar. Fue cobijado con el manto de la noche terrible cuando cierra sus fauces como león agradecido. Pero a pesar de todo esto, hay algo que no le satisface del todo, llora por las noches lágrimas floreadas que le han pertenecido a los primeros animales de barro; su condición de hombre y mujer le hacen sentirse solo, a pesar que son dos personas en una, unidas por el acto quirúrgico de un Dios sin corazón.
            El viajero se siente polvo al tiempo que se respira como ceniza. Vaga con la cabeza agachada. Se mutila poco a poco la carne que le vuelve a crecer, e incluso más hermosa que antes. Derrama su sangre sobre los ríos de titanio y zinc, sobre la paleta de los pintores, sobre las hojas de escritores con ojos melancólicos.
            Como todo buen viajero, pronto ha de dibujarse en el pecho el signo del viaje eterno, sentarse sobre el gran círculo que contiene los dos triángulos de la creación y cerrarse a la sustancia dual de Abraxas. El número volverá a la Unidad. Podrá seguir su camino en el más alto de los espacios, podrá enterarse que su familia habita en él, pues bajo este punto todo son Uno y Cero.
            Cero y Uno
            Uno y Cero   
           

José J. González
Derechos reservados
La imagen y el texto aparecen por vez primera
 en la revista electrónica La pluma en la Piedra